Fe y persistencia en medio de la ilusión de un futuro posible.

Claudia Mejía González – Integrante de la IPS CIB Laboratorio Especializado.

La vida de Claudia Mejía González, integrante de la Unidad IPS CIB Laboratorio Especializado, está a disposición de Dios. La espiritualidad cobija su hogar brindándole fortaleza y bienestar a todos los miembros de su familia: su esposo; sus dos hijos, Michelle y Mateo; y su nieto Simón, son su adoración. Al acercarnos a la mujer que siempre nos recibe con una cálida sonrisa en nuestro paso por la Recepción, encontramos una persona intuitiva de semblante piadoso que gusta ayudar a los otros de manera generosa. Al cumplir 21 años de trabajo continuo en la Corporación, quisimos hurgar un poco en su vida para contemplar los variados matices de su alma, así se desenvuelve su historia.

“María Loida Higuita, quien hace poco se pensionó, es mi cuñada. María llevaba mucho tiempo en la CIB, me hablaba de los laboratorios y de todo lo que se hacía. Una vez me preguntó que si quería trabajar allá y con el paso de los días me dijo: ‘Clau, imagínate que mañana tienes una entrevista en la Corporación’. Recuerdo que la tuve un 25 de marzo de 1999”, expresa. Claudia pasó la entrevista y el periodo de prueba, desde el primero de abril del mismo año acompañó a María en Oficios Varios. Tenía, para entonces, 23 años de edad, una hija de cuatro años y un deseo interrumpido de terminar sus estudios. Al ser una mamá joven en un colegio de estricta disciplina religiosa, solo pudo llegar al grado décimo después de la noticia abrupta de su retiro.

El Dr. William Rojas y la Dra. Ángela Restrepo, cofundadores de la Corporación, desde el inicio manifestaron su cariño con una amable bienvenida. Claudia, ante las imágenes de su pasado, elige una anécdota en particular de sus primeros días laborales que le suscita pena y gracia: “Una vez el Dr. Rojas recibió una visita muy importante en la CIB, María estaba muy ocupada y yo los atendí. ¡Nunca se me va a olvidar esto! Les llevé los tintos a los médicos que estaban con él y uno se me regó encima de la mesa de reunión, esa mesa todavía existe. Todos brincaron y yo me puse a llorar, pero todos me ayudaron a limpiar y me tranquilizaron”, recuerda tímidamente.

Después de dos años y medio en Oficios Varios, el Dr. William Rojas le propuso seguir estudiando y visualizar un futuro mejor. Le brindó no solo la posibilidad de terminar su bachillerato, sino también un cambio progresivo del cargo para atender a los usuarios en la Recepción, aprovechando su personalidad acogedora. A partir del mes de junio, Claudia empezó a estudiar los fines de semana, y a recibir cursos en diferentes instituciones sobre servicio al cliente. Así transcurrió un año: medio tiempo en Oficios Varios, medio tiempo en la Recepción. Recuerda que también contribuía al cuidado de las plantas en el grupo de Biotecnología Vegetal.  

Después de tres meses de prueba, más seis meses más laborando en la Recepción y justo después de su licencia de maternidad por el nacimiento de su hijo Mateo, recibió el cargo completo y se dedicó exclusivamente a la atención del público interno y externo. “Quisiera destacar la calidad humana de la CIB, hay muchas oportunidades de crecimiento. Doy la vida por la Corporación, yo no voy a la oficina a ganar dinero, voy porque quiero a la entidad a y las personas que contribuyeron en mi crecimiento personal. Todo lo que soy se lo debo a la CIB”, manifiesta. Claudia se graduó en 1995 de Secretaría Médica gracias al apoyo de la Dra. Luz Elena Cano y la Dra. Mirta Arango (QEPD). Con emoción recrea la siguiente escena: “La Dra. Lula me preguntó que si quería estudiar, me dijo que eligiera algo que me aportara para desempeñar bien mi cargo en Recepción. Me pagó desde el primer semestre hasta el derecho de grado”.

El servicio al cliente es uno de sus hobbies favoritos, gusta de atender a las personas y que queden satisfechas aunque esto implique en ocasiones discutir por cosas justas. Al acordarse de sus días pasados, enfatiza en las dificultades de aquella época: trabajar, estudiar, ser ama de casa, limitar el sueño, etc. Pero resalta la felicidad y el logro reconfortante de haber cumplido con un propósito: salir adelante gracias al apoyo constante de su familia, quienes representan los cimientos sólidos del amor.

Claudia se muestra transparente y abiertamente humana, no tiene miedo en reconocer sus errores y su lado menos amable: un fuerte temperamento; tampoco en dimensionar la otra vida, esa que quizá le hubiese correspondido al no buscar otra alternativa. “Mi situación económica era un poco difícil, gracias a este trabajo todo mejoró. Me hubiera sentido muy frustrada y quizá me hubiera dedicado sólo a ser ama de casa”. Muchas personas de la CIB que ya no están hacen parte de su historia vital al desempeñar un papel clave en su formación. La exigencia de la Dra. Ángela Restrepo, por ejemplo, a quien considera una de las mujeres más influyentes, es demasiado relevante. Pese a la dureza de las palabras y la crítica constructiva demasiado insistente, agradece infinitamente su aprendizaje. Claudia se abandona a la oración diaria para recibir la palabra de Dios, agradece todas las mañanas la vida, esta vida en la que es posible contemplar nuevos horizontes gracias a las bondades de aquellos que dan buscando solamente la satisfacción del bienestar y la felicidad compartida.

Elaborado por: Andrea Martínez

La cacaocultura, la esperanza de un país que renace gracias a las bondades de la tierra

Evelio de Jesús González, cacaocultor del municipio de Maceo

El pasado no solo sobrevive en archivos polvorientos resguardados en viejas estanterías de almacén, también yace en cada una de las narraciones fortuitas que reconstruyen la imagen de un país que forjó su identidad cultural a partir de las bondades de su tierra. Ante la nostalgia de una vida provinciana, los colombianos guardan cuidadosamente las evocaciones de su infancia entre los colores y los olores más característicos del campo, así como las tradiciones más arraigadas de los lugareños que a paso de mula los vieron crecer. La vida de Evelio de Jesús González, cacaocultor del municipio de Maceo, también tiene como trasfondo un imponente paisaje rural, el mismo que conocieron sus abuelos. Celebramos el Día Nacional del Campesino con un acercamiento a su historia personal y a su oficio, uno de los más importantes a lo largo del tiempo.  

La familia paterna de don Evelio, oriundos de Cocorná, llegó a la subregión del Magdalena Medio a principios del siglo XX. Su abuelo se dedicó a la ganadería y al cultivo de caña y café. Posteriormente, su padre heredó el oficio y les inculcó el mismo amor a sus siete hijos. “Mi papá tuvo varias propiedades, las libramos entre todos. Recuerdo que en 1978 nos fuimos para una finca llamada La Argentina, ubicada en el municipio de Amagá, costó alrededor de 550 mil pesos y todos trabajábamos en ella los sábados y en el periodo de vacaciones, en ese entonces era muchísima plata”, recuerda. 

Por tradición y vocación, después de muchos ires y venires, hoy es dueño de Cannes, una finca ubicada en el municipio de Maceo, en la vereda Alto Dolores, paraje Betulia. Siete hectáreas están destinadas al cultivo de cacao, tres a cítricos y dos a plátano. Hace 32 años descubrió los beneficios del cacao y se dedicó a cultivarlo con pasión. “Por mucho tiempo fui caficultor, pero me enamoré de la cacaocultura. Es un mundo muy amplio, a mí particularmente me interesa la investigación de clones. Constantemente estoy experimentando con híbridos para mejorar la calidad del cultivo”, expresa. 

Una de las preocupaciones constantes de don Evelio es la resistencia, para él de nada sirve un árbol productivo que no sobreviva a los inesperados cambios climáticos. Por ello suma significativos esfuerzos a trabajar con árboles más tolerantes. “El tema de calidad es muy importante en el ámbito cacaocultor, los expertos dicen que la calidad de un cacao depende en un 30% y 40% de la genética y un 60% o 70% del proceso de fermentación. Hacia allá apuntan los mercados, hay que buscar unos nichos estratégicos para mejorar la oferta”, resalta. 

Gracias a la presencia de CAESCA, que nació a partir de la articulación de asociaciones de producción de cacao con diferentes instituciones académicas e industriales donde la Corporación para Investigaciones Biológicas es la entidad líder, se busca mejorar la competitividad para promover la exportación de cacaos especiales. El acompañamiento de este equipo a los cacaocultores de los municipios de Maceo y Manaure, ha permitido vislumbrar oportunidades de mejora en los procesos de cultivo donde la experiencia física y sensorial es clave para determinar la potencia del producto. 

Para don Evelio es gratificante el acompañamiento, esto le ha permitido proyectar a futuro un sueño en donde el turismo desempeñará un papel importante gracias a la construcción del Túnel de la Quiebra, una mega obra que lo ubicará estratégicamente a una hora y media de Medellín. “Me imagino en la vejez recibiendo la visita de extranjeros y dándole la oportunidad a todas aquellas mujeres que se han capacitado en el tema, quiero que ellas vendan buenos productos. Creo que dentro de unos años la cacaocultura va a ser un sector por importante dentro de la economía mundial, se está investigando mucho sobre las bondades del cacao”. A pesar del panorama desalentador al que el sector se ve expuesto, es optimista frente a las posibilidades que ofrece su oficio en el tema de empleo. “Allí pueden trabajar todos los que componen el núcleo familiar, desde niños a ancianos, todos pueden aportar. Es una lástima que en este momento los costos de producción sean tan altos, porque el futuro puede llegar a ser muy prometedor”, expresa.

Pese a la incertidumbre que genera la noticia abrupta de una pandemia, don Evelio dignifica su oficio y manifiesta que la única ventaja de este momento histórico es la futura valoración positiva del sector agropecuario: “¿Qué sería de las ciudades sin nosotros?”, pregunta. En sus recuerdos aún recorre las calles de aquel Maceo en donde existían alrededor de treinta trapiches que molían toda la semana y del que hoy solo quedan tres que se resisten al tiempo. Señala que la principal fuente de economía del pueblo sigue siendo la ganadería; pero que, gracias a la incursión del sector cacaocultor y a un golpe de suerte del destino, podrían escuchar resonar con orgullo el nombre del municipio en las ciudades más inesperadas del mundo. 

Elaborado por: Andrea Martínez

La entomología: la manifestación de la belleza en forma de poesía visual

Biólogo Juan Diego Medica C.

El biólogo Juan Diego Medina, investigador del grupo de Fitosanidad y Control Biológico, una de las líneas investigativas de la Unidad de Biotecnología Agrícola y Ambiental de la CIB, llegó a la Corporación en el 2017 gracias a un proyecto de producción masiva de hongos bio controladores de plagas, que nació para satisfacer la búsqueda de alternativas de una empresa del sector floricultor. Este cambio laboral surgió justo después de pertenecer durante un año al Grupo de Entomología de la UdeA en el que investigó la parte taxonómica de Sphaeroceridae, una familia de moscas cuyo tamaño es generalmente menor a 5 milímetros. Allí no solo tuvo la fortuna de aprender de la mano de Marta Wolff, doctora en Ciencias Biológicas; también de trabajar arduamente en investigación y de publicar con satisfacción su primer artículo científico.

Gracias a su curiosidad y a la posibilidad de identificar otros grupos de insectos, se ha detenido a observar con detalle la colección de entomología que reposa hoy en la Corporación, un valioso registro de la biodiversidad del Chocó. “Cuando tu revisas esa colección, te das cuenta de que detrás de cada etiqueta hay un capítulo que nos remite a la experiencia del investigador en campo. En esos pequeños cajones descansa la historia de un ecosistema”, expresa. 

Su sensibilidad frente a las múltiples manifestaciones de la naturaleza lo obligan a visibilizar las funciones ecológicas que cumple cada ser en pro de la vida. De este modo se une al llamado del cuidado del medio ambiente y al uso adecuado de los recursos para que Colombia siga siendo considerado uno de los países más diversos. “En esta pandemia vemos la apropiación del espacio por parte de los animales, el mensaje es claro: ellos también pertenecen a este ecosistema, no estamos solos. Hay que saber observar, muchas de sus funciones benefician al hombre. Tal es el caso de las abejas que aportan desde la polinización a la parte alimentaria”, señala. Juan Diego cree en la existencia de Dios y se aparta de las diferencias entre ciencia y religión para apreciar con delicadeza la belleza y el respeto que impone todo lo que vive.

Frente al invaluable archivo que hoy se resguarda en la CIB, hay minuciosas técnicas aplicadas tanto en la colecta del insecto como en sus procesos de conservación. La interacción en campo resulta ser una especie de aventura de inmersión al paisaje, allí se suelen capturar especies que se conservan en alcohol al 70% hasta llegar al laboratorio; en el caso de las mariposas, la colecta exige un extremo cuidado de las alas para conservarlas posteriormente en pequeños sobres. El proceso de montaje se hace a través de alfileres, tratando en lo posible de conservar las características morfológicas que son elementales para la identificación del animal. En cada etiqueta quedan consignadas las fechas y las coordenadas del lugar. Estos registros, que se conservan con el uso constante de sustancias como el alcanfor o la naftalina, alimentan la base de nuestra riqueza elemental. Los colores vivos y la sutileza de cada insecto ejercen una poderosa atracción. La naturaleza frágil de sus formas son pequeños poemas visuales en las que una voz singular nos invita a presenciar la vastedad de la vida que reclama respeto mientras persiste y se eterniza a través de los cristales.

Elaborado por: Andrea Martínez

Alguien teje cuidadosamente los hilos del destino para propiciar cruces importantes en nuestro camino.

Bacterióloga Elsa Zapata – Investigadora de la Unidad de Bacteriología y Micobacterias de la CIB

La bacterióloga Elsa Zapata, investigadora de la Unidad de Bacteriología y Micobacterias, lleva 31 años construyendo una significativa historia en la CIB. Su llegada a la Corporación se debe, ante todo, a un sorpresivo movimiento del azar que definió dos aspectos esenciales en su vida: el despliegue de su profesión y la promesa de un amor que hoy se sostiene tras 23 años de cuidado desmedido y entrega. En el breve recuento de sus memorias, en el que se sobreponen imágenes entrañables, solo nos queda adoptar una actitud reflexiva para advertir lo siguiente: alguien teje cuidadosamente los hilos del destino para mostrarnos caminos que conducen al encuentro con la verdadera fortuna.

Siendo una estudiante de Bacteriología y Laboratorio Clínico de la Institución Universitaria Colegio Mayor de Antioquia, llegó a la CIB a cumplir con su última rotación por asignación fortuita de la universidad. La Corporación para Investigaciones Biológicas gozaba para entonces de gran prestigio en el medio y se desdibujaba como un sueño lejano e inalcanzable en sus primeros años de formación. Ante la noticia que alimentaba el deseo de lograr un importante alcance como practicante en una de las entidades más acreditadas de la ciudad, entregó todo de sí para continuar allí su año rural y seguir aprendiendo de la mano de grandes profesionales como la Dra. Ángela Restrepo, el Dr. William Rojas, el Dr. Hugo Trujillo y el Dr. Marcos Restrepo, a quienes aprecia y recuerda con agradecimiento profundo.

Durante estos años no solo recorrió el octavo piso del Hospital Pablo Tobón Uribe, donde por tanto tiempo la CIB pudo gestionar sus proyectos de investigación; también hizo presencia en el Instituto de Medicina Tropical ubicado en el segundo piso, donde se hacía ronda clínica todos los viernes en la mañana para atender pacientes con patologías tropicales (malaria o leishmaniasis, por ejemplo). A medida que experimentaba el gozo de un aprendizaje continuo, tuvo la oportunidad de rotar por varias unidades de la Corporación que dejaron de existir con el tiempo pero que le otorgaron valiosas experiencias, las cuales considera su mayor riqueza.

“Trabajé en la Unidad de Inmunología, que nació gracias a los esfuerzos de la Dra. Fabiola Montoya; en la Unidad de Farmacología Clínica, donde conocí a la Dra. María Isabel Múnera; y por Virología y Parasitología. En esta última conocí al Dr. Marcos Restrepo, a quien le debo no solo la posibilidad de llevar a cabo mi año rural, también mi permanencia en la CIB, gracias a él continúo en la Corporación. De cada una de esas personas me llevo la mejor experiencia, son personas maravillosas con las que pude formarme personal y académicamente. En este momento tengo la fortuna de contar con el Dr. Jaime Robledo y la Dra. Gloria Isabel Mejía, quienes continúan apoyando y estimulando los proyectos”, expresa. 

La profesional Elsa Zapata guarda sus recuerdos con la delicadeza que demandan las cosas más preciadas. Aún valora los detalles de la Dra. Ángela Restrepo, quien nunca pasó desapercibida una fecha importante; también la curiosidad del Dr. William Rojas, para quien el conocimiento es un vasto territorio aún por explorar. “Me tocó una época muy especial, los tuve a todos juntos en la CIB. Había muchos espacios académicos, existió siempre la posibilidad de asistir a diferentes clubes de revistas y seminarios, constantemente estábamos aprendiendo. ¿Qué me une a la Corporación? La parte académica indudablemente, pero ellos se convirtieron en mi segunda familia”, manifiesta.

Pese a la amenaza constante de profundas crisis económicas Elsa Zapata, como muchos otros investigadores, tomó la decisión irrenunciable de persistir. La poca remuneración a la que se vio expuesta durante periodos que anunciaban profundo oscurantismo para el desarrollo de las ciencias biológicas en el país, no significó un cambio desfavorable para su vida laboral.  “Recibí una formación ética y profesional, siempre estaba dispuesta a apoyar. Nos tocaron crisis duras, donde uno tenía que aportar desde su resistencia personal. Era, sobre todo, un llamado a la paciencia. Sabíamos que no éramos los mejores económicamente remunerados, pero teníamos muchas compensaciones imposibles de equiparar con el asunto monetario. Era el gusto por lo académico y la preocupación por lo humano lo que apaciguaba las dificultades”, opina. 

En este mundo cálido del pasado al que retornamos, toman fuerza las evocaciones de una persona en especial con la que escribió uno de los capítulos más significativos de su historia: “Alguien llegó de Bogotá a trabajar en la Unidad de Control Biológico, trabajaba con el Dr. William Rojas y el Dr. Sergio Orduz, nos conocimos y finalmente nos casamos, llevamos 23 años juntos y tenemos un hermoso hijo que se llama David”. Hoy la bacterióloga Elsa Zapata se abandona al gusto de caminar para contemplar con deleite la naturaleza. Ama las plantas y ama a Apolo, su Bulldog francés.  Quien haya leído este breve relato se dará cuenta que hay un placer indefinible en saborear aquellos mínimos sucesos que se encuentran llenos de discreto misterio. A la final, somos péndulos suspendidos que señalan irremediablemente hacia el centro que los atrae, pareciera que todos nuestros movimientos nos llevaran imperceptiblemente a recuperar la línea que traza nuestro propio destino.

Elaborado por: Andrea Martínez

Consagrar la vida a la investigación y la enseñanza, una labor gratificante de invaluable retorno

Debemos nuestro aprendizaje a los libros, esos pequeños objetos que contienen un universo de incontable conocimiento. Pero, sobre todo, debemos nuestra formación a quienes por asuntos del azar se cruzan en nuestro camino para entregarnos lo más valioso de sí mismos. En el marco de la celebración del Día del maestro en Colombia, recordamos a la Dra. Ángela Restrepo Moreno, doctora en Microbiología de la Universidad de Tulane, cofundadora y exdirectora científica de la CIB. Sabemos que al ser considerada una de las científicas más importantes del país, su vida quedará fijada en la historia del desarrollo de las ciencias biológicas en el ámbito nacional y latinoamericano; pero ya quedó fijada en la nuestra y en cada uno de los investigadores de nuestra Corporación a los que les trasmitió con inteligencia portentosa sus conocimientos, siempre luminosos de sentido. 

Las personas que hoy trabajan en la CIB, tanto en los laboratorios como en las áreas administrativas, convierten sus anécdotas compartidas con la Dra. Ángela Restrepo Moreno en un espectáculo conmovedor e inestimable. Se complacen, con la presencia vívida de sus recuerdos, en resaltar la disciplina de una mujer que investigaba sin fatiga y que –gracias a los ideales intransigentes de su vida– descubrió el gozo de aprender no para medrar socialmente, sino para encaminar los sueños de aquellos jóvenes que deseaban ser científicos consagrándose a la necesidad de despertar un interés por la investigación en el país.

“Durante todos estos años la Dra. Ángela siempre estuvo al servicio de la vida y de la CIB. Es una mujer extremadamente humana, emprendedora y consentida ¡Es una gran maestra! Siempre la llevaré en mi corazón porque también fue una gran amiga, estoy muy agradecida por todo el crecimiento personal y laboral que tuve de la mano de ella. Recuerdo regaños sutiles que me expresó con mucho cariño. Siempre tenía dulces en su oficina para ofrecernos”, recuerda Claudia Mejía, integrante de la IPS CIB Diagnóstico.

A esta mujer que es descrita con un aire monumental de notable elegancia, no solo se le agradece profundamente su valor afectivo con honda visión crítica, también su tremendo sentido de verdad futurista, pues muchos de los jefes de las diferentes unidades de investigación de la CIB que fueron sus alumnos, tuvieron la oportunidad de formarse en el exterior gracias a sus asesorías o acompañamiento, lo que permitió el progreso de la Corporación y su relevancia en el medio. Para ella, abrir caminos hacia lo desconocido es algo realmente valioso. En las diversas entrevistas que le han realizado a lo largo de su trayectoria ha expresado el valor de “dar y recibir”, pues los jóvenes al ser críticos generan sus propias ideas contribuyendo al ánimo investigativo. 

 “Poder compartir con la doctora ha sido una de las mejores experiencias de mi vida, no solo en lo profesional, también en lo personal. Como maestra ¡La mejor! Su enseñanza radica en el ejemplo, transmite todo su saber ocupando el lugar del otro. Es un ser maravilloso, siempre está pendiente de los demás, es detallista, atenta a cualquier fecha especial y de cómo celebrarla. Sus historias son inspiradoras, es una gran maestra”, expresa Alejandra Zuluaga, integrante de la Unidad de Micología Médica y Experimental y coordinadora de la IPS CIB Diagnóstico.

La imagen de la líder cercana empieza a dibujarse cuando las historias personales de la Dra. Luz Elena Cano, la Dra. Gloria Mejía, el Dr. Jaime Robledo o el Dr. Juan Guillermo McEwen, investigadores de más de 30 años de la Corporación, dejan entrever una relación maternalista. De este modo, se recuerdan con alegría algunos episodios ocurrentes del pasado como las infatigables peticiones de la doctora al Dr. Robledo para quitarse la barba, la amable atención de llamadas al laboratorio de jovencitos ansiosos en los que estaba el esposo de la Dra. Gloria Mejía o la búsqueda incansable de novias para el Dr. McEwen, por ejemplo.

“La Dra. Ángela es una maestra por excelencia, no dudó en ningún momento de transmitir su conocimiento. Le agradezco haberme mostrado la pasión y el amor hacia esos seres microscópicos llamadas “hongos”. Me permitió, al tiempo, conocerla para dimensionar a ese ser íntegro lleno de amor. La quiero mucho, le guardo profundos afectos”, manifiesta Karen Arango Bustamante, también integrante de la Unidad de Micología Médica y Experimental, la primera unidad investigativa que se fundó en nuestra Corporación. En días como estos, es necesario recordar a nuestros grandes maestros y a todas aquellas personas que desempeñan un papel transcendental en nuestra vida. Qué sería de nosotros sin el entusiasmo compartido por la ciencia y los caminos que solo son posibles de recorrer de la mano del otro. Los sueños se construyen en colectivo y se agradecen con una sonrisa de complacencia al reconocer que nuestra entrega desinteresada ha tenido especial relevancia en la vida de los otros.

Elaborado por: Andrea Martínez

Crédito de la fotografía cabezote: Periódico ALMA MATER UdeA

Desarrollo investigativo y consciencia colectiva, dos medidas para contrarrestar el COVID-19

Ángela María López y Susana Torres, investigadoras de la Unidad de Biología Celular y Molecular de la CIB

“La ciencia es el alma de la prosperidad de las naciones y la fuente de vida de todo progreso”.

Luis Pasteur

La historia de Ángela María López y Susana Torres, investigadoras de la Unidad de Biología Celular y Molecular de la CIB, no solo es interesante por el despliegue de una brillante trayectoria académica desde su año de ingreso a la Corporación, 2009 y 2016 respectivamente. La labor que cumplen hoy en el Laboratorio Departamental de Salud Pública de Antioquia con el análisis, la verificación y el procesamiento de muestras clínicas sospechosas de COVID-19, ha sido un reto profesional y una experiencia que ha tocado las fibras más sensibles de su vida personal. El relato sobre cómo vivencian su cotidianidad en medio de la pandemia está plagado de sentimientos de empatía, júbilo y esperanza, pero también de impotencia e incertidumbre frente a una sociedad inmersa en la era de la desinformación e indiferente a los incontables beneficios del desarrollo de las ciencias médicas.

La unidad investigativa a la que pertenecen tiene 30 años de existencia y se ha dedicado al estudio de los aspectos genéticos, moleculares y evolutivos asociados a la enfermedad causada por el hongo dimórfico térmico y patógeno humano Paracoccidioides brasiliensis. Antes de la cuarentena decretada en el país el pasado 24 de marzo, las dos microbiólogas no solo llevaban a cabo minuciosos análisis, también contemplaban la posibilidad de asistir a algunos congresos programados para diferentes meses del año, pero la irrupción abrupta de la noticia obligó a pausar aquello en lo que arduamente venían trabajando. “Un día o una semana no bastan para planear un experimento, se requieren meses. Ahora que todo está suspendido, debemos orientar nuestros esfuerzos a mantener vivas nuestras cepas”, expresa Susana Torres, quien actualmente cursa estudios de maestría en Microbiología en la Universidad de Antioquia. 

En medio de las acciones preventivas impuestas por el Gobierno Nacional, el Laboratorio Departamental adecuó rápidamente su espacio con los equipos necesarios para ponerse a disposición del Estado, agilizando así el dictamen de los resultados en medio de la contingencia. Ambas investigadoras fueron contratadas para apoyar esta misión y durante tres semanas se dedicaron a evaluar procesos de calidad que van desde la verificación del estado de las muestras hasta la revisión de los datos básicos y clínicos registrados en las fichas epidemiológicas.

Durante esta primera fase de esfuerzo mancomunado, se enfrentaron al primer desafío: el bioanálisis. Gracias a las asesorías de las epidemiólogas del Laboratorio Departamental, observaron con detalle las guías de vigilancia enviadas por parte del Instituto Nacional de Salud (INS) para darle cumplimiento a los casos probables de COVID-19. “Tienes que aprender rápidamente y hacerlo bien porque si recibes una muestra que no tiene unas condiciones óptimas o que no cumple con los criterios, se van a gastar reactivos que son importantes para otro paciente en estado crítico. Es decir, si paso una muestra que no cumple con las exigencias, me va a dar un resultado que no va a ser confiable. Es una responsabilidad social, ese tubo es un paciente y este paciente es un diagnóstico. Tengo que tener presente que una muestra es alguien que está esperando su resultado y que su vida puede depender de ello”, expresa Ángela María López, PhD en Molecular Medical Mycology de la Universidad de Aberdeen.

Gracias a su experiencia en la manipulación de material genético, apoyan actualmente en el Laboratorio Departamental lo estrictamente pertinente al procesamiento. Dicho proceso inicia con la división de la muestra en dos partes, una pasa a un biobanco para llevar a cabo nuevamente el procedimiento en caso de ser necesario y la otra es usada como alicuota de trabajo para la extracción de ácidos nucleicos. Durante la extracción es donde la experiencia de las investigadoras se ve más reflejada.  Se extrae entonces ácido ribonucleico, es decir el ARN (esta molécula es muy lábil y puede degradarse facilmente si no se da una correcta manipulación). A continuación, este material genético se mezcla con reactivos específicos para buscar la secuencia del virus en la muestra. Posteriormente, a través de la técnica de reacción en cadena de la polimerasa en tiempo real (RT-PCR), se ve reflejada la presencia o no del virus. Si existe material genético inicial del virus, con el método molecular se aumentará a millones de copias, las cuales serán detectadas por un equipo especializado, dando como resultado una muestra positiva; en ausencia del material genético del virus, la prueba será negativa. 

Ambas investigadoras señalan que dicho proceso es imposible reducirlo a una hora. Respecto al tema del consumo y la transmisión de información falsa sobre esta cadena de análisis y la genómica del virus, las cuales crean niveles de estrés insospechados, sienten la responsabilidad social de comunicar desde su profesión y su experiencia aquello que puede contribuir a la tranquilidad y la responsabilidad colectiva. Desde su quehacer, asumen con gratitud y compromiso disponer su conocimiento al servicio de la vida aunque esto signifique un riesgo constante para ellas, sus allegados y sus mismos compañeros del laboratorio, lo que las obliga a cumplir con extensas rutinas de desinfección y autocuidado con el lavado de manos, la única prevención segura que tenemos hasta el momento. 

En estos tiempos críticos de pocas certezas frente al futuro, reconocen la problemática, pero también las valiosas herramientas que posibilitan el diagnóstico, la detención rápida de los síntomas, los estudios sobre la secuencia del virus y los candidatos de vacunas; aspectos con los que no se contaron en la pandemia de 1918, también conocida como gripe española. “Es la primera vez que vivimos esto en este siglo, lo único que espero es que de todo corazón veamos la importancia de tener un buen sistema de salud y de tener buenas capacidades científicasEsperamos que haya un cambio significativo, que entiendan la magnitud de algo como esto”, expresa Ángela María López. Por último, hacen un llamado al respeto del personal médico que en este momento no solo se da a la tarea de contrarrestar el virus, sino a cuidar esmeradamente a pacientes con cáncer, diabetes, problemas renales, etc. “Si todos dimensionáramos la relevancia que tienen nuestras pequeñas acciones cuando asumimos con responsabilidad el cumplimiento de todos los protocolos, seríamos testigos de la posibilidad de  luchar colectivamente contra la pandemia. Somos una cadena de responsabilidades, desde el señor que lleva cuidadosamente las muestras al laboratorio a la temperatura adecuada hasta la persona que se queda en casa sin buscar excusas innecesarias para salir. Todos jugamos un papel trascendental en la prevención del virus”, expresa finalmente Susana Torres.

Elaborado por: Andrea Martínez

La maternidad, una fuerza vital que nos impulsa a soñar sin límites

La Dra. Gloria Nanclares Quintero, Coordinadora del Fondo Editorial de la CIB, entrelazó su historia con la Corporación en el año 2010. Es médica especializada en Medicina Alternativa, cursa estudios de maestría en Dolor y acaba de inscribirse en un diplomado sobre Homeopatía. Es madre de Maximiliano, Benjamín y Emma, tres pequeños de diez, seis y cuatro años de edad que constituyen la fuerza vital de todo cuanto sueña. A esa tierna infancia que cuida y alimenta con amor desde casa, le debe el deseo de seguir cultivando su espíritu para proyectar una mujer comprometida con una rigurosa formación académica.

Basta contemplar el pasado para dimensionar la fortaleza de alguien que concibe la maternidad como el impulso más importante para lograr aquello que desea con fervor. En el 2010, por ejemplo, estando embarazada de su primer hijo, Maximiliano, cumplía sus labores como correctora de estilo en el Fondo Editorial de la CIB mientras trabajaba de forma paralela en la Unidad de Cuidados Especiales de la Clínica Las Vegas. “Soy la persona más bendecida del mundo porque tengo un soporte familiar increíble. Sin mi pareja no sería posible, él está ahí es disposición todo el tiempo. Ha sido una familia maravillosa, la misma que me permitió irme a estudiar por más de un año a Bogotá sin que fuera traumático”, expresa con gratitud.

Las jornadas extenuantes de trabajo y los momentos de abandono placentero a la lectura para su formación continua, no serían posibles sin una propensión al método y al orden. En su cotidianidad, traza horarios específicos para llevar a cabo cada una de sus actividades y darle cumplimiento a las mismas. De modo que hay tiempo para meditar, estudiar, trabajar, jugar y compartir en familia. “Los niños y Emma saben que mamá estudia, son receptivos y me respetan ese espacio aunque todo el tiempo quieran jugar”, agrega. 

Maximiliano tiene la risa y la bondad como uno de sus comportamientos más virtuosos, su desempeño académico es excelente, ya que aprendió a leer a los tres años de edad y a dividir y a multiplicar solo; muestra, además, un talento especial para el manejo de los equipos. Benjamín tiene una habilidad sorprendente para construir cuanto la imaginación le dicte, basta unos pocos legos para materializar una idea. Emma, por el contrario, parece desarrollar todas sus habilidades artísticas pintando y habitando un mundo de fantasía en el que sueña ser bailarina de ballet.

Cuando crecemos, nos duele reconocer que nos caemos abruptamente de la infancia perdiendo la capacidad de imaginar y de sorprendernos ante lo más nimio. Pero los hijos, en la etapa más plena y activa de su niñez, reviven aquello que fuimos invitándonos a descansar en nuestro pasado, y a deleitarnos con algunas imágenes o sonoridades auténticas que se resguardan en los parajes más recónditos de nuestra memoria. 

La Dra. Gloria Nanclares Quintero habita la infancia de sus hijos con la consciencia de que es uno de los momentos más bellos y efímeros. Es por ello que cuando Maximiliano pintó por primera vez la pared, concibió este detalle como un regalo; después de esto, adecuó exclusivamente una pared para que sus hijos rayaran libremente. Reconoce la importancia de hacer evidente el lenguaje del amor, en su hogar no faltan las palabras y las manifestaciones de cariño de manera constante. “Todos los días me siento motivada, me levanto feliz. Aunque es normal experimentar estrés y angustia, me enorgullece cada mínimo detalle de mis hijos porque tienen la posibilidad de derrumbar todas las preocupaciones, por eso considero las palabras de afecto como algo vital”, opina.

El estudio de la Medicina Alternativa la ha llevado a instruirse en el budismo, el taoísmo y la cultura védica, culturas donde la espiritualidad se vive desde adentro. La necesidad de adoptar una actitud introspectiva para buscarse a sí misma y alimentar su amor propio, es la clave para que todo fluya a su alrededor de manera más armónica. “Desde el amor propio reflejas todo en tu vida. Trato de ser fiel a mí misma, busco la felicidad y la tranquilidad en cada mínima acción consciente de que la imperfección no es un impedimento, pues hace parte de mí. Uno debe armarse en la oscuridad y en la luz”, puntualiza.

La cotidianidad de la doctora está plagada de rituales que la motivan, algunos de ellos son un legado especial de la tradición familiar. Medita todas las mañanas y recurre en tiempos cíclicos a baños de hierbas dulces y amargas para la prosperidad y la abundancia; tiene, además, un pequeño altar con velas y cuarzos para proyectarle al universo aquello que más desea. Manifiesta que todo el tiempo se da a la tarea de escribir sus más fervientes deseos y la mayoría de ellos se han cumplido. La meditación y el yoga para los niños, en este caso, se viven a través del juego, pero le sorprendió que en una de las visitas a la finca familiar se sentaran solos a meditar alrededor de quince minutos. 

Para la Dra. Gloria Nanclares Quintero ser madre es un regalo: “Me capacito por mí, pero sobre todo para mis pacientes. Mi hijos y mi familia son todo, son un hálito vital para todas las mujeres que habitan en mí, para todas aquellas que me constituyen y me hacen ser lo que soy”, concluye recordando sus embarazos como una etapa maravillosa en la que los antojitos fueron muy saludables. Basta decir que su interés por la obstetricia le brindó tranquilidad durante este periodo, aunque al nacer su primer hijo nada pudo contrarrestar las preocupaciones propias de una madre. De esta etapa, destaca que otro de los aspectos más valiosos de la maternidad es el acercamiento con su madre, un acto que podría entenderse como la muestra más fiel de empatía, pues es apenas cuando dimensionamos la entrega y el amor incondicional de la persona que más nos ama en el mundo. Hoy goza de una relación cercana y amorosa con María Elcy Quintero, quien en su juventud también trabajó arduamente por sus hijos dejando para sí, al mismo tiempo, una exitosa carrera académica como vicedecana de la Facultad de Filosofía y Teología de la Universidad Católica Luis Amigó.

 

Elaborado por: Andrea Martínez

Los libros y los encuentros avivan los sueños que encaminan nuestro destino

Los libros, aparte de saciar la inquietud por el conocimiento, permiten gratos encuentros donde es posible entretejer una valiosa amistad con el paso del tiempo. Hoy recordamos la historia de Sara Arroyave Herrera, estudiante de noveno grado del Colegio María Auxiliadora de Medellín, quien decidió enviar el año pasado un mensaje a nuestro correo institucional, después de conocer a la CIB a través de una referencia en uno de los tantos libros que intensifican su pasión por la ciencia. Este pequeño acto, que manifestó el deseo latente de un posible encuentro, quedó grabado en la memoria de cada uno de los integrantes de la Corporación que tuvieron mucho después la posibilidad de conocerla y admirar su sorprendente inteligencia.

 El ocho de agosto del 2019, programamos una visita y abrimos las puertas de la CIB para recibirla y brindarle un recorrido de la mano de los investigadores por cada uno de los laboratorios. Esta experiencia, inolvidable para nosotros, no solo nos hizo ser conscientes de nuestro propósito vital, “promover investigación sostenible al servicio de la vida”, también del papel que desempeñamos en la materialización de los sueños de una juventud que halla tempranamente su verdadera vocación sin dilaciones.

“Me explicaron en qué consistían los procesos muy detalladamente, vi a través del microscopio unas bacterias que estaban cultivando y me enseñaron a usar algunos implementos para poderlas manipular adecuadamente; aparte de esto, tuve la oportunidad de correr una muestra haciendo uso de la técnica PCR”, recuerda con emoción. Sara descubrió en su infancia un gusto particular por lo pequeño, por todo aquello que a simple vista no se puede percibir. A medida que fue creciendo, se dio a la tarea de investigar de manera independiente el mundo de los microorganismos y encontró en él un llamado pasional a la biología molecular, una carrera que visiona profesionalmente. 

A sus catorce años de edad, se destaca en el colegio gracias a su interés por la ciencia y al buen desempeño en la materia de biología. “De hecho me regalaron un microscopio profesional y desde entonces empecé a observar todo lo que era pequeño: sal, azúcar, pedazos de cebolla o de papel”, expresa. Sara es una lectora voraz que en su floreciente adolescencia encuentra en los libros algunos personajes históricos que hoy se convierten en una fuente de inspiración y un modelo a seguir: la química Rosalind Franklin, quien descubrió la estructura de doble hélice del ADN; y el físico Nicola Tesla, quien llevó a cabo numerosas invenciones en el campo del electromagnetismo. Permeados por la alegría de esta experiencia tan valiosa, que también nos permite recordar de manera fraternal los primeros encuentros con aquellos investigadores que alguna vez llegaron buscando albergar sus sueños en este espacio que hoy se ha convertido en su casa, consideramos pertinente preguntarle finalmente a Sara, nuestra amiga, qué opinión tiene acerca de la pandemia que hoy acecha al mundo, un tema que desde sus intereses puede despertar valiosas apreciaciones: “Opino que esto es muy grave, afecta muchas de las personas que no tienen muchas defensas, me parece muy mala la pandemia por esa parte. Pero también creo que al estar resguardados, permitimos darle un respiro al planeta, los niveles de contaminación han bajado”, comenta. 

Elaborado por: Andrea Martínez

Personajes CIB: El Dr. Juan Guillermo McEwen

En la fotografía, de izquierda a derecha, el Dr. Juan Guillermo Mcewen, el Dr. Rafael Arango y el Dr. Jaime Robledo.

El Dr. Juan Guillermo McEwen, quien dio inicio a la Unidad de Biología Celular y Molecular en 1991, no tiene certeza de la existencia de Dios ni de su no existencia. Como investigador, se preocupa por los asuntos terrenales. Dice ser católico no practicante, encontrando solo en la meditación la más profunda conexión con su espiritualidad. La religión se la concede a su hermano gemelo, monje de la Congregación de los Hermanos Maristas, quien trabajó varios años en África hasta el brote epidémico del Ébola que lo hizo residir en Beirut, capital de Líbano. “Mi hermano es el que reza por los dos”, expresa el Dr. McEwen.

Su vinculación a la Corporación se remonta al año 1980, cuando la CIB desarrollaba sus actividades en el octavo piso del Hospital Pablo Tobón Uribe. Siendo estudiante de sexto semestre de Medicina de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, participó en el Club de Revistas de Inmunología del Dr. William Rojas, uno de los más prestigiosos médicos internista de la ciudad, futuro director general y científico de la CIB. El Club de Revistas se reunía para entonces en la oficina de la Dra. Ángela Restrepo, un espacio que contaba con una valiosa colección de libros de microbiología que el Dr. McEwen revisaba después de las reuniones. La invitación por parte de la doctora a trabajar en el laboratorio como estudiante, fue el comienzo de una historia cuya temporalidad se extiende hoy por cuatro décadas.

Consagró su tiempo a trabajar en la CIB toda la semana con solicitud desmedida, involucrándose cada vez más hasta formalizar tres meses de internado y un año de práctica rural. Durante ocho meses, además, estuvo de intercambio en la Universidad de Stanford en California, una de las diez mejores universidades del mundo. El trabajo exhaustivo que le demandó el estudio del hongo Paracoccidiodes spp. dio como resultado su primera publicación en dicho campo. Sin perder contacto con la CIB, en 1986 viajó finalmente a Medio Oriente a realizar estudios de doctorado en Biología Molecular en el Instituto Weizmann de la ciudad de Rejovot. “La mayoría de nosotros salió a hacer su doctorado y regresó en la década de los noventa, en ese tiempo no había doctorados de ciencias básicas o médicas en Colombia”, recuerda el Dr. McEwen.

En 1991 regresó al país y empezó a trabajar con la Dra. Ángela Restrepo en la búsqueda del hábitat del hongo Paracoccidiodes spp. usando PCR (Polymerase Chanin Reaction), lo que posibilitó encontrar novedades en el aprendizaje de técnicas para clonar genes que fueron útiles para el diagnóstico de esta micosis. La historia seguía su curso y el Dr. McEwen asistió al nacimiento de la Unidad de Biología Celular y Molecular, la cual dirigió por 27 años. La primera integrante del grupo fue la microbióloga Ana María García.

En 1994 ingresó el Dr. Dagnover Aristizábal, quien comenzó la línea de Cardiología Molecular con énfasis en el estudio de la Hipertensión Arterial Esencial (HTA). De igual modo, en 1996 el Dr. Juan Manuel Anaya creó la sección de Reumatología para estudiar particularmente el Síndrome de Sjögren, la Artritis reumatoidea y el Lupus eritematoso; en el 2003 se fusionó con la Unidad de Biología Molecular pasando a llamarse Unidad de Biología Celular e Inmunogenética, hasta que el Dr. Anaya se trasladó a Bogotá para trabajar en la Universidad del Rosario. En el 2010 El Dr. Oliver K. Clay se vinculó a la Unidad y conformó la línea de Bioinformática que ha sido muy exitosa, destacándose tanto a nivel de publicaciones como en la formación de estudiantes.

En el 2019, finalmente, la dirección pasó al Dr. Orville Hernández, investigador de la Unidad cuya formación tuvo cabida en el grupo durante varios años como estudiante. El grupo se ha destacado hasta hoy en la tecnología de manipulación de genes, ha sido desde sus inicios de gran importancia para las demás unidades al desarrollar muchas de las técnicas moleculares y ha incentivado la formación de múltiples investigadores tanto en doctorado como en maestría.

Cuarenta años de recorrido en la CIB le han permito al Dr. McEwen testimoniar profundas crisis económicas, que por fortuna han podido subsanarse. Recuerda la crisis de 1995 que surgió justo después de la construcción de la nueva sede, en donde la CIB adeudaba a diferentes entidades financieras alrededor de mil cuatrocientos millones de pesos. Manifiesta con entusiasmo que la mayor parte de la camada de investigadores que empezó en los años ochenta, fueron alumnos de la escuela de la Dra. Ángela Restrepo y del Dr. William Rojas. La Dra. Ángela Restrepo trabajó los primeros cuatro años sin ningún salario, concentrando todos sus esfuerzos en tratar de sostener el laboratorio; por otra parte, el Dr. William Rojas cerró su consultorio en la crisis de 1995 para ponerse a la cabeza de la CIB, dedicándose exclusivamente a la dirección de la Corporación y el Fondo Editorial para tratar de sacar la Corporación de aquellos tiempos tan amenazantes y oscuros.

“Los que fuimos llegando aprendimos de esa escuela tratando de hacer investigación con dificultades, muchas veces con las uñas; aunque fuera muy poco, tratábamos de ir avanzando. Esa escuela fue muy importante, es una impronta que tenemos y que hemos mantenido, un sentido de pertenencia por la institución donde lo importante realmente ha sido mantener ese sueño de la Dra. Ángela Restrepo, que por más de cuarenta años fue el alma de la institución”, señala.

Si se decide pasar la hoja para encontrar historias más amables, de las ocurrencias de años pasados ha quedado en su memoria anécdotas con la Dra. Ángela Restrepo, a quien aún considera como una madre tanto en el aspecto personal como académico. “La preocupación de una mamá es conseguirle una buena novia a sus hijos, de cierta forma tenía una actitud muy casamentera. Recuerdo que cuando empecé de estudiante en la CIB, más los dos años siguientes que me quedé como investigador en su grupo, trataba de buscarme todas las posibles candidatas. En ese momento había tomado la decisión de hacer un doctorado e iba a ser casi imposible si me involucraba afectivamente, entonces me decía que yo era muy liso”, cuenta en medio de la risa.

Si nos adentramos en la vida íntima del Dr. McEwen, encontramos que tiene interés por muchas otras áreas. Manifiesta que lee con fervor historia, novelas históricas, novelas de suspenso y ciencia ficción. En su tiempo libre cocina y, al igual que el Dr. Jaime Robledo, hace cerveza. En sus tiempos de juventud escalaba tanto en hielo como en roca, durante su viaje a Israel escaló paredes que están entre los ochocientos y los mil metros de altura, entre esas las del Sinaí, lugar célebre por sus referencias en escritos bíblicos. En su oficina no solo descansan libros académicos, una secreta colección de más de sesenta mil audiobooks lo acompañan para convertir el tiempo libre en ocio, anota que puede escuchar de dos a tres libros por semana gracias a los trancones de la ciudad. “Voy a necesitar varias reencarnaciones para escucharlos todos”, agrega concluyendo la conversación.

Elaborado por: Andrea Martínez

Personajes CIB: la Dra. Gloria Mejía

“El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente, mis primeras patrias fueron los libros”, expresa el emperador romano Publio Elio Adriano, del siglo II a.C., uno de los últimos espíritus libres de la antigüedad cuya voz nos llega como un eco a través de las famosas Memorias de Adriano,publicadas en 1951 por la novelista belga Margarite Yourcenar.

Hoy la Dra. Gloria Mejía, de la Unidad de Bacteriología y Micobacterias, consagra gran parte de su tiempo a la lectura y al estudio minucioso del hombre en diferentes culturas, de allí su interés por la novela histórica. Margarite Yourcenar, Thomas Mann y Julia Navarro son algunos de los autores que han pasado por sus manos, a quienes comparte con deleite en cálidas conversaciones que sostiene con las compañeras que aún conserva del Colegio Inmaculada Auxiliadora. Largas filas de libros a la espera de ser gustosamente leídos esperan pacientemente, mientras dedica otra parte de su tiempo a cultivar el amor por sus nietos y a trabajar sagradamente los miércoles en la CIB.

Su historia se entreteje con la Corporación cuando a principios de 1979 —faltando tres meses para dar por terminada su práctica rural en Arboletes como licenciada en Bacteriología y laboratorio clínico— recibe la llamada del Dr. Hugo Trujillo Soto, fundador de la Unidad, médico egresado de la Universidad de Antioquia especializado en Infectología pediátrica en la Universidad de Tulane, quien le extiende una invitación para vincularse. Al llegar al laboratorio, ubicado para entonces en el octavo piso del Hospital Pablo Tobón Uribe, percibe un ambiente familiar al encontrarse con la Dra. Ángela Restrepo, docente de la Universidad de Antioquia con quien había hecho rotaciones en el área de Micología; y a sus compañeras de estudio, la Dra. Beatriz Jiménez y la Dra. Luz Elena Cano. 

Sus primeros trabajos estuvieron encaminados al estudio de antibióticos nuevos para el tratamiento de enfermedades graves en niños, justo en una época donde el laboratorio empezó a convertirse en un modelo. “Nuestro laboratorio empezó a ser un referente en micobacterias, en bacteriología de anaerobios y en la identificación de bacterias de diagnóstico que daba mucha dificultad en laboratorios de rutina, así que fuimos los primeros en incentivarlo. Nuestra especialidad fue en pruebas de susceptibilidad, inicialmente manejábamos los antibióticos nuevos con las bacterias de la comunidad nuestra analizando si eran sensibles o resistentes”, expresa con emoción. 

41 años de trabajo constante vividos con entusiasmo le han permitido visualizar cada uno de los cambios y relatarlos de manera íntima y personal. “Implementamos el Sistema de la capa delgada, como solemos llamarlo aquí, para el diagnóstico rápido de la infección por Mycobacterium tuberculosis o micobacterias no tuberculosas. Me tocó el diagnóstico de micobacterias desde que se hacía con la técnica Ziehl-Neelsen, donde el cultivo se podía demorar hasta ocho semanas; y el diagnóstico que es posible hacerlo hoy en dos horas, gracias a las pruebas moleculares”. 

Señala, además, que aunque ahora existe mucha competencia debido a la tecnología que permite realizar rápidamente el diagnóstico de estas infecciones, la CIB sigue siendo un referente. “Fuimos los primeros en Colombia en utilizar el sistema MGIT, el cultivo en medio líquido que nos da el crecimiento de la micobacteria mucho más rápido que si se hiciera solamente en un medio sólido. Llevamos veinte años usándolo, ahora —según las políticas nacionales e internacionales— lo están implementando como una necesidad porque es mucho más sensible que los medios tradicionales a base de huevo donde la micobacteria crece mucho más lenta”, explica.

Durante todo este trasegar, la Dra. Gloria Mejía no solo acudió al nacimiento y fortalecimiento de su Unidad, también a la expansión paulatina del Hospital Pablo Tobón Uribe que finalmente obligó a la Junta Directiva de la CIB a buscar una sede propia, un sueño distante pero que se materializó por fin ante sus ojos. “Estábamos muy hacinados, éramos varios grupos. La CIB empezó solamente con el grupo de Micología de la Dra. Ángela Restrepo, después empezó el Dr. Hugo Trujillo con Bacteriología, posteriormente el Dr. Rojas con Control biológico y el Dr. Marco Restrepo con Inmunología y parasitología, quien migró finalmente al Instituto de Medicina Tropical. Con el tiempo, la Unidad se fusionó y la llamamos Bacteriología y Micobacterias porque ya nos habíamos especializamos en esa área”, aclara.

En cuatro décadas de historia, una anécdota chistosa sobrevive a su memoria. Cuenta que durante las investigaciones que se realizaron en las instalaciones del Hospital Pablo Tobón Uribe, con compañeras que tenían alrededor de 22 o 23 años de edad para entonces, recibía llamadas de su novio en el único teléfono que había y que estaba ubicado justamente en el escritorio de la Dra. Restrepo, cómplice de todas aquellas incipientes historias de amor, pues se sabía de memoria los nombres de cada uno de los jóvenes. Recuerda que para las llamadas importantes utilizaban otro teléfono ubicado en el cuarto de los internos de medicina para no tener que hablar en clave delante de la doctora. “Una vez la doctora me dijo: ¡Por ahí la llamo otro, pero ese no era Jorge!”, manifiesta entre risas trayendo a colación el episodio, precisando que se casó con el novio de toda la vida.

La Dra. Gloria Mejía, después de sobrevivir a crisis profundas que atentaron años atrás contra el normal funcionamiento de nuestra Corporación —y aún en medio de la lucha continua por un mayor presupuesto para el desarrollo y la sostenibilidad de la ciencia en el país— resalta la familiaridad con la que trabajó de la mano de grandes maestros, cuyo prestigio no solo se cimentó en su profesionalismo, también en su ética y en la preocupación constante por el otro por encima de todo interés económico. “La realidad será lo que seamos capaces de construir”, así lo advierte la española Julia Navarro, una de sus escritoras favoritas, cuya frase bien podría adaptarse a los significativos esfuerzos que la Corporación ha tenido en su historia vital para dar un paso de la utopía a la visualización de un mundo real donde la ciencia ha estado siempre al servicio de la vida.

Elaborado por: Andrea Martínez